Son ya dos
años en estas tierras y todavía quedan muchas Guatemalas por descubrir en este
crisol a la vez maravilloso y dramático de etnias, lenguas, clases sociales,
privilegios, ecosistemas, creencias y cosmovisiones. Cualquier simplificación
se queda muy pobre para explicar tantos matices y recovecos, que son los que
acaban conformando la realidad auténtica y que explican la historia de
Guatemala, y a la vez se explican por ella.
Esta
Semana Santa tuve la oportunidad de descubrir algunas más, tal vez más reales y
definidas que el propio conjunto. Compartí esos días, siempre tan especiales y
subrayados en el calendario, en una pequeña comunidad-aldea ladina del Quiché
más o menos profundo. Una comunidad con el rimbombante nombre de San Isidro
Nueva Jerusalén, de apenas treinta casas dispersas colgadas en una
empinada ladera montañosa.

Días
después, resulta complicado explicarlo con palabras. Hacía ya varios años que
no pasaba varias noches en hogares con madera de ocote como luminaria; que no
llegaba a comunidades en las que un carro o una moto jamás se plantearían
alcanzar; porque llegar a pie sin caerse es ya un desafío. Hacía tiempo que la
luna no guiaba mis caminatas nocturnas como un gran linterna natural. Hacía
tiempo que no compartía la fe con tanta naturalidad y sencillez; y se hacía tan
viva y tan real. Es algo tan profundamente hermosos el recibir un desayuno, un
almuerzo, una cena con tanta generosidad y gratuidad. Esos cafés con pan dulce
hecho horas atrás en los hornos de barro sabían mejor que cualquier delicatesen
importada. El ser conscientes del sudor y el amor que hay detrás de ello;
el palpar y contemplar el constante trabajo de hombres y mujeres; y su conexión
umbilical con la tierra, con el trabajo diario, con la familia...
Panes recién salidos del horno
Quizás fue como entrar por una ventanita en lo que era la vida rural de nuestros bisabuelos; una realidad que sigue siendo aun hoy en muchas partes de Guatemala; y que desconocen buena parte de los Guatemaltecos urbanos; y algunos de los profesionales de las Naciones Unidas (como yo). Con la obsesión por la seguridad se impide en buena parte crear lazos y conocer a fondo realidades; el temor impide la fraternidad, los altos sueldos y la búsqueda de la comodidad personal tejen una barrera de difícil franqueo para embarrarse los pies, para escuchar y percibir a aquellos a los que estamos llamados a servir en sus ambientes, en sus realidades, en sus momentos.
Quizás fue como entrar por una ventanita en lo que era la vida rural de nuestros bisabuelos; una realidad que sigue siendo aun hoy en muchas partes de Guatemala; y que desconocen buena parte de los Guatemaltecos urbanos; y algunos de los profesionales de las Naciones Unidas (como yo). Con la obsesión por la seguridad se impide en buena parte crear lazos y conocer a fondo realidades; el temor impide la fraternidad, los altos sueldos y la búsqueda de la comodidad personal tejen una barrera de difícil franqueo para embarrarse los pies, para escuchar y percibir a aquellos a los que estamos llamados a servir en sus ambientes, en sus realidades, en sus momentos.
Pero no
todo es tan lindo como las amplias vistas que se alcanzan a ver desde la
empinada ladera de San Isidro; la escuela es un “multigrado” con un aula de
madera atendido por un solo maestro que llega con no excesiva frecuencia. No
hay preescolar, ningún joven de la comunidad ha llegado a estudiar secundaria
(dos horas a pie de vuelta en cuesta y la incapacidad económica de las familias
lo explican). Para dar a luz las mujeres tienen que bajar caminado tras romper
aguas por aquellos caminos de cabras; el traslado de los enfermos apenas
consigo imaginarlo; no existe ningún tipo de consulta periódica en la comunidad
ya sea de médicos o enfermeros.
Con todo,
creo que no me atrevería a darles ninguna lección de vida, a decirles como
deben producir la tierra, como interactuar con la naturaleza, como distribuirse
los roles en la familia o como relacionarse con “la civilización”
(esquizofrénica) de apenas unos kilómetros más abajo. Creo que desarrollan
muchas capacidades humanas que tristemente tenemos atrofiadas; y con una bondad
y una dignidad nada despreciable.
El Jueves
Santo tuvimos la oportunidad, fue un desafío físico al mismo tiempo, de subir
dos hora más de camino (el equipo completo capitalino que estaba disperso en
las comunidades del valle), y llegar a la comunidad de Paso Canastos; una
Guatemala cercana físicamente, pero esta vez de indígenas Quiché (como lo son
la mayoría en el Departamento). Un café y el pan nos recibió en la Escuela. La
alegría y fraternidad nos acompañó en la jornada entre juegos, risas, regalos
mutuos y celebración compartida de la palabra (entre Quiché y Castellano).
Cerca del cielo, pero con los pies más en la tierra que nunca.
Ahora, de
vuelta en Ciudad de Guatemala, se recuerdan las conversaciones a la luz del
ocote sobre la historia de cada familiar, los reclutamientos forzados en las
Patrullas de Autodefensa Civil en los 80, la película sobre Gerardi proyectada
en el muro de una escuela de Concepción, el viacrucis conjunto de todas las
comunidades y… uno sonríe al ver los más de quinientos “piquetes” de pulga que
ya empiezan a invisibilizarse en manos, brazos, cuello, piernas, cintura… Sin
duda, algo de mí, quedó en esas laderas escarpadas y en esos hogares.
También
quedó de los jóvenes capitalinos. Es tan importante ese conocimiento y el
respeto nacido del acercamiento fraterno, profundo, vital y comprensivo entre
los jóvenes urbanos y aquellos que remueven la tierra en cerros perdidos desde
hace años.
Feliz
Pascua, por un 2012 de verdadera resurrección planetaria.